Proclamando tu amor, Alcanzando tu vida.

La buena noticia del día – 3 de Agosto 2015


Números 11, 4-15

En aquellos días, los israelitas se quejaban diciendo: “¡Quién nos diera carne para comer! ¡Cómo nos acordamos del pescado, que comíamos gratis en Egipto, y de los pepinos y melones, de los puerros, cebollas y ajos! Pero de tanto ver el maná ya ni ganas tenemos de comer”.

El maná era como la semilla del cilantro y su aspecto como el de la resina aromática. El pueblo se dispersaba para recogerlo. Lo molían en el molino o lo machacaban en el mortero; luego lo cocían en una olla y hacían con él una especie de pan, que sabía como el pan de aceite. Por la noche, cuando caía el rocío sobre el campamento, caía también el maná.

Moisés oyó cómo se quejaba el pueblo, cada una de las familias, a la entrada de su tienda. Eso provocó la ira del Señor, y Moisés, también muy disgustado, le dijo al Señor: “¿Por qué tratas tan mal a tu siervo? ¿En qué te he desagradado para que tenga que cargar con todo este pueblo? ¿Acaso yo lo he concebido o lo he dado a luz, para que me digas: ‘Toma en brazos a este pueblo, como una nodriza a la creatura, y llévalo a la tierra que juré darles a sus padres?‘ ¿De dónde voy a sacar yo carne para repartírsela a toda la gente, que me dice llorando: ‘Queremos comer carne‘? Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues es demasiado pesado para mí. Si me vas a tratar así, por favor, quítame la vida y no tendré que pasar tantas penas”.

Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.

Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. El les dijo: “Tráiganmelos”.

Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.

Comentarios del teólogo Fabio Espinosa a las lecturas de:

Bienvenidos hermanos a recibir esta buena noticia. Hoy hemos entrado a la semana XVIII del tiempo ordinario, la liturgia de la Iglesia nos presenta algunos textos de Números y Deuteronomio que corresponden al paso del pueblo de Israel por el desierto, Dios al sacarlo de Egipto de donde estaban esclavizados y oprimidos, arrebata su pueblo de las manos de Faraón. En el desierto ocurre la liberación real, hacer libre a un hombre no es sólo romperle sus cadenas, en el desierto viven una manifestación maravillosa del Dios que sana las enfermedades de Egipto y de la esclavitud. Hoy estamos presentes ante una primera enseñanza y sanación que Dios hace a su pueblo:

En el desierto el pueblo aprende a vivir sólo de Dios: allí donde todo hace falta y no hay nada, en este lugar el pueblo aprenderá que tiene a su Dios, vive de Él, aprende de Él y Él es suficiente para ellos. Se supera el tema de los absolutos, vivir de algunas situaciones, tener personas a nuestro lado, poseer muchas cosas, esto se va volviendo absolutos de nuestras vidas, pero Dios va enseñando que el único absoluto es Dios. En el desierto no hay posibilidad alguna, sólo Dios es tu posibilidad, en este lugar aprendemos a depender de Dios, dejamos de depender de las cosas, las situaciones o las personas, nuestro absoluto es sólo Dios, como dice Pablo, si tengo algo maravilloso, hago cosas buenas con eso y lo disfruto pero si lo pierdo o no lo tengo aprendo a vivir de Dios, sólo Dios basta. Esta es la gran lección que nos quiere enseñar nuestro Dios pasando al pueblo de Israel por el desierto.

Para esto se necesita como dice el salmo, no tener el corazón endurecido ni obstinado ante la voluntad de nuestro Dios.

En el Evangelio de Mateo se nos habla de algo similar, otra multiplicación de los panes, en estos días hemos estado hablando mucho de este tema, pero hoy es diferente, recuerden que estamos haciendo un preámbulo antes de entrar al gran discurso sobre la comunidad, está preparando el camino que conforma la comunidad. Miremos la comparación, antes de este texto se hablaba de la cena de Herodes, cómo termina esta cena? con la muerte, con la finalización de Juan, pero la cena con Jesús es distinta.

En este texto se hace un itinerario, primero Jesús se fue a un lugar escampado y solitario, pero allí llegaron las multitudes y Él tenía compasión de las multitudes. Al sentir compasión revela la compasión de Dios, con las multitudes llenas de necesidades, como el hijo de Dios se revela y como hermano que procura que los otros estén bien, hace lo mismo que El Padre hace, obra como hermano y se hace responsable de la necesidad del otro por la misericordia.

Otra escena muestra que le enseña a los hermanos a que compartan lo que tienen, ese es el gran milagro, abrirle la mano al dueño de los panes, compartieron todo lo que tenían, hace entonces la bendición judía, pero el mensaje es que lo que tenemos lo hacemos del Padre y si es del Padre es de todos los hijos, por tanto lo que tenemos lo hacemos propiedad del Padre y herencia de todos sus hijos, en esto consiste la bendición: lo que es tuyo lo haces del Padre para todos, así habrá suficiente para todos, la cena de Jesús produce la vida en todos. La invitación es a ser como Jesús: hijo y hermano. Quien es hijo experimenta que todo es del Padre, hermano es hacerse responsable de las necesidades del otro en el desierto.

Alabado sea, Jesucristo!!!

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